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sábado, 31 de octubre de 2015

El pasado 31 de octubre, celebramos por la primera vez la memoria en la liturgia de la Beata Irene Stefani, misionera de la Consolata beatificada en Kenya en mayo. En esta fecha, hace 85 años, moría la Hna Irene, después de una vida breve pero entregada a Dios y a los hermanos, hasta el final. Han dicho de nuestra Beata que fue mártir de la caridad, pues murió de una peste, por haber asistido enfermos en las últimas horas de vida. Sigue ahora el relato de su última caridad, así como nos lo cuenta el libro: “El Evangelio de la sonrisa”, escrito por A. Montanari:

“Un día antes de comenzar la lección, Marcos le dijo que mientras ella estaba de visita en una villa, había venido un nuevo maestro que la iba a reemplazar en las dos clases superiores, pero no le reveló el nombre. Mientras tanto, padre Andrione, el sucesor del padre Gillio, callaba. La noticia no perturbó la tranquilidad habitual de la hermana; ya le había ocurrido en otra ocasión haber tenido que “bajar” por una nueva designación y había aceptado sin pestañear. Tal vez, pensó, el nuevo maestro sería su hijo espiritual, Julius Ngare.
Aquí hay que dar un paso atrás. Este Julius era un joven protestante que enseñaba en una escuela presbiteriana de Kahumbu, un pueblo no muy lejos de Gikondi. Cuando la hermana Irene pasaba por aquella parte, como era su costumbre, saludaba a todos con la misma sonrisa. A Julius le gustaba una chica de Gikondi, Lidia, pero que más tarde se casó con otro. Un día en que la Hermana Irene lo invitó a la fiesta de la escuela, él se presentó a la Misión, asistiendo educadamente a las actuaciones programadas. Conquistado por la gracia y la dulzura de aquella hermanita, había regresado varias veces a visitarla. Esta comunicación abrió el ánimo de Julius. Después de una catequesis apropiada, se convirtió al catolicismo, pasando a enseñar en la escuela de Gathukimundu situada en una colina frente Gikondi.

Su buena preparación atrajo de inmediato a un montón de muchachos, incluso salidos de las clases de la hermana Irene. Ella no se preocupaba por esta "competencia", porque ese maestro cada domingo por la mañana reunía a todos los alumnos de las escuelas de la zona para hacerlos jugar. Su método lograba una especie de oratorio festivo que podría llevar a otros bautismos. Entre otros antecedentes, fue él precisamente quien convirtió al catolicismo a su colega Marcos, titular de las dos primeras clases de primaria.
Su creciente popularidad entre los jóvenes llevó a algunos de ellos a ejercer presión para que a Julius se le confiaran las clases de los grandes, dejando a la hermana Irene entre los más pequeños. Fueron los mismos que, delante de Mons. Perrachon, habían acusado a la hermana de su incompetencia.
Después de un tiempo se supo que detrás de esta "conspiración" estaba el mismo Julius quien creyó saber enseñar mucho mejor que la Stefani". La hermana Irene -dijo la hermana Ferdinanda Gatti- después de tantas fatigas... después de años de trabajo intenso, vio desintegrarse casi totalmente a su escuela; vio la ingratitud donde hubiera tenido que recoger reconocimiento y precisamente en los momentos de su última grave enfermedad. Pero la hermana Irene era santa y no se quejó de nada”.
El domingo 19 de octubre, Julius, después de reunirse como de costumbre con sus muchachos, sintió un extraño malestar que lo obligó a regresar a su casa de inmediato. Le dijo a la hermana Irene que estaba muy resfriado, y ella le dio algunas píldoras. En realidad, ellos no lo percibieron, pero se trataba de algo mucho más grave. En Gikondi se estaba propagando una epidemia de peste pulmonar que ya había contagiado a tres ayudantes de cocina de la Misión.
Ese día tampoco la hermana Irene se sentía bien. A la mañana siguiente advirtió una fuerte sensación de náuseas y arcadas seguidas de vómitos. Como se conmemoraba la fiesta litúrgica de Santa Irene, los Misioneros y las Misioneras que la felicitaban en el día de su onomástico, notaron una palidez inusual en su rostro, pero no le prestaron mucha atención porque, como de costumbre, ella se estaba preparando para ir a visitar a la gente en las villas.
Esa mañana, la hermana salió hacia Gathuita en compañía de la hermana Margarita María Durando. Después de casi un cuarto de hora de camino, llegó corriendo un joven diciendo que Julius Ngare estaba en cama con una fiebre alta y quería ver a la hermana Irene. [...]
La hermana Irene, acompañada por el catequista Ciriaco, regresó a Gikondi destruida por la fatiga y la fiebre que comenzaba a aumentar. Ella, sin embargo, estaba feliz; no podría haber celebrado mejor su día onomástico. Seguramente, a la salida de una cabaña toda transpirada y al contacto con el frío de la noche, sus pulmones se hayan afectado seriamente.
A la mañana siguiente salió para su última visita a las aldeas. Pasó también por Kahumbu entreteniéndose en la cabecera de Julius, cuyas condiciones habían empeorado, lo preparó amorosamente para recibir los sacramentos y para cumplir la voluntad de Dios. Un testigo africano ha declarado que "entrando en la cabaña donde estaba Ngare y viéndolo en ese estado tan reducido, lo tomó, lo levantó, lo sostuvo. Desde ese momento ella también se contagió de la peste". Al día siguiente, de hecho, se agravó también ella y no pudo tomar alimento debido al vómito continuo. Sin embargo, no renunció todavía a la visita a los enfermos en las villas más cercanas. Después de haber visto a Julius, hizo llamar al padre Andrione para que lo confesara. El jueves 23, a las dos de la mañana, el sacerdote llevaba el viático al enfermo, mientras la hermana Irene lo sostenía. Lo exhortaba a ofrecer sus sufrimientos a Jesús por la conversión de su gente y por la unidad de los cristianos. De rodillas sobre la estera, estrechándolo entre sus brazos como lo haría una madre, lo confortó con tiernas palabras: las palabras que sabía encontrar para cada ocasión y que iban directamente al corazón. Julius murió poco después en sus brazos”.

Y después de algunos días, también la Hna Irene falleció por el mismo mal. Era el día 31 de octubre de 1930.

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