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Vaticano «La misericordia que recibimos del Padre no nos es dada como una consolación privada, sino que nos hace instrumentos para que también los demás puedan recibir el mismo don». Lo dijo el Papa en la primera de las catequesis jubilares, durante la Audiencia extraordinaria por el Año Santo en la Plaza San Pedro.

Jesús, añadió, «viene a nuestro encuentro a pesar de nuestras faltas y de nuestras contradicciones: no nos cansemos de sentir la necesidad de su perdón, porque cuando somos débiles su cercanía nos hace fuertes».

Francisco después insistió en el «estrecho vínculo entre la misericordia y la misión», recordando las palabras de san Juan Pablo II: «La Iglesia vive una vida auténtica cuando profesa y proclama la misericordia y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia».

«Cuando recibimos una buena noticia o vivimos una bella experiencia —continuó Bergoglio—, es natural que sintamos la exigencia de participarla a los demás, de extender la alegría a los demás, la alegría nos impulsa a comunicarla. Y debería ser lo mismo cuando encontramos al Señor».

El «signo concreto» de que hemos encontrado de verdad a Jesús, explicó el Papa, «es la alegría que sentimos al comunicarlo a los demás, y esto no es hacer proselitismo», especificó, haciendo un gesto de negación con el dedo. Por el contrario, significa «hacer un don: te doy lo que me da alegría. Esta fue la experiencia de los primeros discípulos: después del primer encuentro con Jesús, Andrea corre inmediatamente a decírselo a Pedro». Encontrar a Jesús «equivale a encontrarse con su amor, este amor nos transforma y nos hace capaces de transmitir a los demás la fuerza que nos da».

Desde el día de nuestro bautismo, continuó el Papa, cada uno de nosotros recibe «un nuevo nombre», además del que nos han dado nuestros padres, «y este nombre es ‘Cristóforo’ (Cristóbal, ndr.), todos somos cristóforos, es decir portadores de Cristo. Es el nombre de nuestra actitud, de portadores de la alegría de Cristo, del la misericordia de Cristo».

Por ello, concluyó Bergoglio, «la misericordia que recibimos del Padre no nos es dada como una consolación privada, sino que nos hace instrumentos para que también los demás puedan recibir el mismo don. Vivir de misericordia nos hace misioneros de la misericordia. Entonces, tomemos en serio nuestro ser cristianos y comprometámonos para vivir como creyentes, porque solo de esta manera el Evangelio podrá tocar el corazón de las personas».

Fuente: La Stampa

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